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Un Ejercicio Práctico en Torno a los Criterios de Evaluación
Resumen
Este ejercicio pretende fomentar la discusión en grupo en torno a las limitaciones que presentan los cinco criterios de evaluación habitualmente considerados por los
evaluadores y las agencias de desarrollo: eficacia, eficiencia, pertinencia, viabilidad e impacto. Tras una presentación de cada criterio, se ofrecen al final preguntas para suscitar la reflexión.
El autor señala que la eficacia es el criterio más utilizado en las evaluaciones que van realizando las ONGD. Es el criterio más plausible de realizar, más sencillo, al limitarse a contrastar la situación antes del proyecto y después de concluida la intervención. La formulación bajo el enfoque del marco lógico lo facilita. Pero quizá también resulte la información menos valiosa.
Respecto al criterio de eficiencia, destaca que quizá sea, junto a los impactos, el criterio que aporte mayor valor añadido a la evaluación y a la organización. Se trata de conocer la cuantificación de la eficacia respecto a los costes de oportunidad de haber invertido los recursos del proyecto en otro alternativo.
El tercer criterio de evaluación es la pertinencia. Análogamente a la eficacia, este criterio pesa más sobre la evaluación ex ante o sobre la etapa de identificación y formulación de proyectos. La pertinencia trata de responder a la cuestión de si la intervención realizada respondió a una necesidad real de la población, que propició verdaderamente su desarrollo humano.
En cuarto lugar está la viabilidad del proyecto ejecutado, esto es, su continuidad autónoma una vez que cesa la ayuda, dirige de nuevo la atención a dos momentos evaluativos. Así podríamos considerar la viabilidad ex ante o a priori, realizada durante la formulación de la intervención, y la sostenibilidad ex post o a posteriori, ya terminada la acción programada. En el caso de la viabilidad a posteriori, convendría analizar este criterio no sólo al poco tiempo de finalizado el proyecto, sino en un plazo medio o largo.
El quinto y último criterio es el impacto. Se trata de describir y cuantificar todos los efectos que la intervención ha provocado: directos e indirectos, deseados e indeseados, previstos e imprevistos. Y sobre un conjunto tan amplio de variables como el medio ambiente, los impactos políticos, culturales, económicos, comunitarios, sociales o de género. La valoración de los impactos aparece como lo más costoso, largo y complejo de todo el proceso evaluador, pero también lo más útil. Aporta la información más relevante para tomar decisiones, para acumular aprendizajes y buenas prácticas. En definitiva, es el proceso de evaluación más puro.
El autor señala que la eficacia es el criterio más utilizado en las evaluaciones que van realizando las ONGD. Es el criterio más plausible de realizar, más sencillo, al limitarse a contrastar la situación antes del proyecto y después de concluida la intervención. La formulación bajo el enfoque del marco lógico lo facilita. Pero quizá también resulte la información menos valiosa.
Respecto al criterio de eficiencia, destaca que quizá sea, junto a los impactos, el criterio que aporte mayor valor añadido a la evaluación y a la organización. Se trata de conocer la cuantificación de la eficacia respecto a los costes de oportunidad de haber invertido los recursos del proyecto en otro alternativo.
El tercer criterio de evaluación es la pertinencia. Análogamente a la eficacia, este criterio pesa más sobre la evaluación ex ante o sobre la etapa de identificación y formulación de proyectos. La pertinencia trata de responder a la cuestión de si la intervención realizada respondió a una necesidad real de la población, que propició verdaderamente su desarrollo humano.
En cuarto lugar está la viabilidad del proyecto ejecutado, esto es, su continuidad autónoma una vez que cesa la ayuda, dirige de nuevo la atención a dos momentos evaluativos. Así podríamos considerar la viabilidad ex ante o a priori, realizada durante la formulación de la intervención, y la sostenibilidad ex post o a posteriori, ya terminada la acción programada. En el caso de la viabilidad a posteriori, convendría analizar este criterio no sólo al poco tiempo de finalizado el proyecto, sino en un plazo medio o largo.
El quinto y último criterio es el impacto. Se trata de describir y cuantificar todos los efectos que la intervención ha provocado: directos e indirectos, deseados e indeseados, previstos e imprevistos. Y sobre un conjunto tan amplio de variables como el medio ambiente, los impactos políticos, culturales, económicos, comunitarios, sociales o de género. La valoración de los impactos aparece como lo más costoso, largo y complejo de todo el proceso evaluador, pero también lo más útil. Aporta la información más relevante para tomar decisiones, para acumular aprendizajes y buenas prácticas. En definitiva, es el proceso de evaluación más puro.
Textocompleto
En el documento "Un ejercicio práctico en torno a los criterios de evaluación" el autor maneja un caso específico a partir del cual se puede entrar a analizar la pertinencia, aplicación e importancia de cada uno de los criterios de evaluación:
"Supongamos que se desea evaluar la eficiencia de tres proyectos que tienen como objetivo la reconstrucción de viviendas tras un desastre natural. Cada ONGD es encargada de realizar la reconstrucción en una zona distinta; pero supongamos que el proyecto es de iguales dimensiones y características: misma cantidad de viviendas, materiales semejantes, plazos de ejecución similares.
Y supongamos que los resultados tras la intervención de cada una de las ONGD es el siguiente: la ONGD “X” construyó las viviendas en el plazo indicado, con materiales traídos de su país de origen y con personal técnico también propio. Construyó los edificios, los entregó puntualmente y bajo las condiciones pactadas en el proyecto. Es decir, fue eficaz. Pero su eficiencia se basó en una concepción “asistencial” del desarrollo. No tuvo en cuenta a los beneficiarios ni en la formulación, ni en la ejecución del proyecto. Quizá hasta su presupuesto fue menor. Pero las dudas sobre haber realizado una acción de desarrollo realmente cooperativa son grandes.
En un segundo caso, la ONGD “Y” realizó su intervención comprando los materiales en las zonas locales y contratando a personal autóctono como mano de obra para la construcción de las casas. También su plazo de entrega fue puntual y el coste según lo presupuestado. Fue una acción eficaz, al igual que la primera, pero a la hora de considerar la eficiencia, podemos asegurar que su intervención provocó mayores eslabonamientos sobre los ciudadanos, con incrementos en sus puestos de trabajo, autoestima y consideración propia de cada casa construida. Estimamos que esta manera de actuar fue más eficiente que la anterior, por ser más cooperativa entre las partes.
Pero supongamos una tercera organización, la “Z”, que se puso a identificar y diseñar con los propios afectados, las zonas, características, calidades, tamaños y demás elementos de las viviendas a construir. Seguramente el plazo de construcción y entrega se alargó sobremanera respecto a las otras dos ONGD. La compra de materiales fue autóctona, la mano de obra fue la que intervino en la identificación y formulación del proyecto y a la ONGD del Norte le interesaba trabajar especialmente el fortalecimiento y desarrollo comunitario de las personas involucradas. Durante la ejecución lenta, se pudieron detectar líderes comunitarios, establecer proyectos de formación y capacitación ad hoc y demás eslabonamientos que podamos imaginar. Incluso podríamos suponer que la calidad final de las viviendas fue algo inferior a las anteriores debido a la menor cualificación de la mano de obra local.
El proyecto fue eficaz, pues construyó las viviendas. ¿Fue eficiente? Aquí es donde entra la concepción de desarrollo que identifica a la ONGD. Si para ella es más importante el proceso de fortalecimiento comunitario que la calidad final del producto, si a cambio de un retraso temporal consiguió “empoderar” a la población, acompañarla de forma cooperativa, tratándola como “contraparte” o socio local, capaz, con propias habilidades a desarrollar y oportunidades a explotar, su juicio sobre la eficiencia puede ser muy positivo, aunque se haya incurrido en mayor coste económico y se haya empleado más tiempo en lograr el objetivo propuesto. En definitiva, a la hora de juzgar la eficiencia, los modos como se logran los objetivos pueden ser determinantes"...
"Supongamos que se desea evaluar la eficiencia de tres proyectos que tienen como objetivo la reconstrucción de viviendas tras un desastre natural. Cada ONGD es encargada de realizar la reconstrucción en una zona distinta; pero supongamos que el proyecto es de iguales dimensiones y características: misma cantidad de viviendas, materiales semejantes, plazos de ejecución similares.
Y supongamos que los resultados tras la intervención de cada una de las ONGD es el siguiente: la ONGD “X” construyó las viviendas en el plazo indicado, con materiales traídos de su país de origen y con personal técnico también propio. Construyó los edificios, los entregó puntualmente y bajo las condiciones pactadas en el proyecto. Es decir, fue eficaz. Pero su eficiencia se basó en una concepción “asistencial” del desarrollo. No tuvo en cuenta a los beneficiarios ni en la formulación, ni en la ejecución del proyecto. Quizá hasta su presupuesto fue menor. Pero las dudas sobre haber realizado una acción de desarrollo realmente cooperativa son grandes.
En un segundo caso, la ONGD “Y” realizó su intervención comprando los materiales en las zonas locales y contratando a personal autóctono como mano de obra para la construcción de las casas. También su plazo de entrega fue puntual y el coste según lo presupuestado. Fue una acción eficaz, al igual que la primera, pero a la hora de considerar la eficiencia, podemos asegurar que su intervención provocó mayores eslabonamientos sobre los ciudadanos, con incrementos en sus puestos de trabajo, autoestima y consideración propia de cada casa construida. Estimamos que esta manera de actuar fue más eficiente que la anterior, por ser más cooperativa entre las partes.
Pero supongamos una tercera organización, la “Z”, que se puso a identificar y diseñar con los propios afectados, las zonas, características, calidades, tamaños y demás elementos de las viviendas a construir. Seguramente el plazo de construcción y entrega se alargó sobremanera respecto a las otras dos ONGD. La compra de materiales fue autóctona, la mano de obra fue la que intervino en la identificación y formulación del proyecto y a la ONGD del Norte le interesaba trabajar especialmente el fortalecimiento y desarrollo comunitario de las personas involucradas. Durante la ejecución lenta, se pudieron detectar líderes comunitarios, establecer proyectos de formación y capacitación ad hoc y demás eslabonamientos que podamos imaginar. Incluso podríamos suponer que la calidad final de las viviendas fue algo inferior a las anteriores debido a la menor cualificación de la mano de obra local.
El proyecto fue eficaz, pues construyó las viviendas. ¿Fue eficiente? Aquí es donde entra la concepción de desarrollo que identifica a la ONGD. Si para ella es más importante el proceso de fortalecimiento comunitario que la calidad final del producto, si a cambio de un retraso temporal consiguió “empoderar” a la población, acompañarla de forma cooperativa, tratándola como “contraparte” o socio local, capaz, con propias habilidades a desarrollar y oportunidades a explotar, su juicio sobre la eficiencia puede ser muy positivo, aunque se haya incurrido en mayor coste económico y se haya empleado más tiempo en lograr el objetivo propuesto. En definitiva, a la hora de juzgar la eficiencia, los modos como se logran los objetivos pueden ser determinantes"...
Fuente
Tomado de la página web de CECOD.
José María Larrú Ramos, es profesor de Economía Internacional de la Universidad San Pablo CEU. Experto del Centro de Estudios de Cooperación al Desarrollo (CECOD).
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