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Hacia la reconsideración de la televisión pública en las políticas de comunicación
Por José Carlos Lozano Rendón
Director de la Maestría en Comunicacion
Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey Campus Monterrey
Si antes de la negociación y aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá México había experimentado un desarrollo y expansión sin precedentes de viejas y nuevas tecnologías de la comunicación de masas, en la situación actual se puede pronosticar que estos procesos se intensificarán aún más.
Esta formidable expansión de los sistemas de comunicación de masas ha propiciado --y fomentará aún más a consecuencia de la firma del TLC-- que el contacto de las audiencias mexicanas con medios y contenidos extranjeros, especialmente norteamericanos, se haya intensificado como nunca en la historia del país.
Dada la complejidad de estos fenómenos comunicacionales, el desarrollo de políticas y en su caso de regulaciones sobre los mismos, es ciertamente una tarea complicada y controversial.
¿Debe tratarse el flujo de comunicación internacional entre los tres países como un asunto económico o político?
¿Debe dejarse a las leyes del mercado y la libre competencia la estructura de producción y exportación de mensajes comunicacionales?
¿Deben tener el sector público o el privado el poder de decisión sobre lo que necesitan o deben recibir las audiencias en los medios de comunicación?
¿Qué tan lejos deben ir los gobiernos en la imposición de barreras a películas, programas de televisión, discos, historietas, revistas, libros, etc.?
¿Deben o no deben los gobiernos subsidiar sus industrias culturales nacionales?
Las medidas adoptadas por diversos países que se encuentran en una posición asimétrica ante los flujos de productos culturales, han oscilado entre el establecimiento de cuotas fijas de programación (en el caso de la TV, la radio y el cine) y el impulso a la producción local a través de subsidios, promociones y exención de impuestos y trámites burocráticos.
El establecimiento de cuotas de programación nacional (50% o menos de programación extranjera en cada medio), no parece haber funcionado adecuadamente en la mayoría de los países donde se ha establecido. Al margen de su poco éxito, esta opción, dado que implica una imposición y violentación de las preferencias de los públicos, ha sido considerada como poco deseable.
El impulso a las producciones nacionales a través de subsidios y otros mecanismos de apoyo, por el contrario, parece ser la alternativa más viable. Tanto para los países europeos como para Canadá ha quedado claro que la asimetría en recursos económicos y tecnológicos entre las industrias culturales estadounidenses y las de ellos impide que se genere una competencia en igualdad de circunstancias. Dejar que la libre competencia y el mercado determinen si subsiste o no el cine, la televisión o la música nacionales equivale a condenarlas a su extinción o a un nicho insignificante. Cerrarse a las importaciones o establecer cuotas, por otra parte, es antidemocrático y/o ineficiente, porque las preferencias en el consumo de mensajes por parte de los receptores no necesariamente se ajustarán a los porcentajes marcados por las autoridades.
En México, las políticas de subsidio han tenido tanto éxitos como fracasos. La inversión pública en la cadena televisiva IMEVISION fue un fracaso en términos de calidad de la programación y de cantidad de televidentes. Este fracaso, sin embargo, se debió más al manejo político y a las directrices establecidas, que al hecho de que fuera una cadena pública con subsidio del estado. El subsidio a canales como el 11 del Politécnico y el 22 de la Ciudad de México, por otro lado, puede considerarse bien utilizado si observamos que ambas televisoras ofrecen una programación auténticamente diferente a la de las cadenas comerciales y orientada además a una utilidad social y cultural ausentes en gran medida en la televisión privada. Falta mucho por hacer en la promoción y apoyo de estos canales, para no contentarnos con los niveles de audiencias actuales y despojarlos de algunos tintes elitistas que puedan tener, pero definitivamente se requiere más atención y apoyo a la televisión pública.
En este sentido conviene establecer políticas y regulaciones más firmes y claras sobre las televisoras públicas en las distintas entidades del país. Por ningún motivo deben cerrarse. Si son oficialistas, si son ineficientes, si carecen de calidad en sus producciones deben tomarse medidas para remediar lo anterior, no optar por la vía de privatizar para ahorrar dinero a costa de que desaparezcan opciones con un tremendo potencial de diversificación y pluralidad. En este nivel urge una legislación que les otorgue independencia y autonomía de las veleidades y caprichos de los gobernantes en turno y que evite que se conviertan en vehículos de relaciones públicas y propaganda para los funcionarios públicos. El caso de la televisión pública europea --y en cierta medida del canal del Politécnico y del 22-- demuestra con creces la posibilidad de establecer estos necesarios niveles de autonomía.
Exactamente lo mismo sería recomendable para las estaciones de radio permisionadas, desde las que manejan universidades y dependencias como la SEP y en su tiempo el IMER, hasta las que controlan los gobiernos estatales. Tanto en las estaciones radiofónicas como en las televisivas de los estados, se deben formar patronatos y consejos de dirección compuestos por representantes de la sociedad civil que aseguren la independencia de los gobiernos y funcionarios públicos y que adopten políticas de producción y programación acordes con los conceptos de servicio público y utilidad social.
Con respecto al cine y el video, parece claro que las políticas establecidas en los últimos años por IMCINE de apoyar producciones independientes y promover las cintas mexicanas en festivales internacionales y en la obtención de acuerdos de distribución y co-producción van por el camino correcto. La cantidad y calidad de películas mexicanas con propuestas y temáticas alternativas va en aumento y los públicos empiezan a crecer y a enorgullecerse de sus producciones nacionales. Los subsidios y los apoyos --desligados de compadrazgos y corruptelas-- no sólo deben de continuar, sino que deben crecer.
En estos tiempos de crisis y de reducción de recursos económicos gubernamentales, hablar de mantener y aumentar subsidios podría parecer aventurado e irresponsable. Desgraciadamente, no parece haber una mejor opción. Ni las cuotas ni las exhortaciones a los medios comerciales de modificar sus objetivos mercantiles resolverán el problema creciente de una propuesta comunicacional unidimensional y cada vez menos relevante socialmente. El subsidio estatal, por otro lado, puede complementarse con otros mecanismos, como la autorización a los medios públicos de generar recursos propios mediante patronatos y venta de espacios publicitarios, siempre que se asegure que no haya cambios en las políticas de programación y en los objetivos sociales de los medios.
Otra opción, difícil de establecerse por atacar intereses creados en los medios comerciales, sería aplicar un impuesto a la importación y exhibición o transmisión de productos culturales comerciales extranjeros, tal y como lo han hecho con éxito en los países europeos. El destino de dicho impuesto sería específicamente para un fondo de apoyo a la producción de películas, programas televisivos y radiofónicos nacionales, que se encargaría de incrementar la oferta y la diversidad de mensajes realizados en el país. Al igual que en los países europeos, si el medio de comunicación demuestra haber realizado producciones propias o con otros productores nacionales, el impuesto podría regresársele. Otros mecanismos creativos y diferentes podrían generarse para apoyar el financiamiento y promoción de los mensajes producidos en el país.
En suma, las políticas y regulaciones sobre el flujo de comunicación extranjera a México, más que prohibir o establecer cuotas, deben centrarse en asegurar que haya diversidad y pluralidad de mensajes y propuestas comunicacionales. Entre el modelo comercial extranjero y el nacional no hay en el fondo muchas diferencias. Lo que se requiere es las audiencias mexicanas tengan auténticas alternativas, modelos y propuestas, diversas en sus temáticas y estructuras y plurales en sus planteamientos y en sus accesos. No se trata de eliminar la televisión, la radio o el cine comercial. Se trata de que los mexicanos tengamos mayores opciones de información, socialización y entretenimiento.
Fuente:
Este artículo fue tomado de la página web de Comunicación y Medios.
Para más información contacte a:
José Carlos Lozano Rendón
E-mail: jclozano@itesm.mx
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